La imaginación recuperada

Aunque cortos, los pasos de un niño son el preludio de un porvenir cercano desde el que imaginarse adulto. Torpe e instintivo recorre el camino hacia esa falsa creencia de autonomía que es nuestro mundo, empedrado de promesas y beligerante con lo pequeño. Desconoce el niño nuestra forma de medir el tiempo, en onzas doradas, y tropieza de continuo con la estela que dejamos al impulsarnos y coger velocidad para alcanzar metas cada día más inalcanzables. Testigo frágil de nuestras ambiciones, imita nuestro rumbo porque todavía desconoce el suyo propio, y divisa sus primeras tierras lejanas a través del catalejo graduado que le prestamos sin reparos.

Idealizar la infancia es uno de nuestros pasatiempos trágicos favoritos. Pensarla como un tesoro que nos pertenece por derecho y que ese ladrón habilidoso que es el tiempo nos robó sin previo aviso. Nuestra imaginación o la capacidad de dibujar libres de todo prejuicio son algunos de los bienes más preciados que muchas personas lamentan haber perdido ya como adultas. Pero ninguno de ellos forma parte del botín que el tiempo nos quita.

Muy al contrario, somos nosotros mismos los que vamos apagándoles el brillo, olvidando su valor hasta convertirlos en herrumbre, bajo la falsa creencia de asumirlos como atributos exclusivos de nuestra infancia. Lastres que abandonar si queremos avanzar hacia la promesa del futuro.

En el caso del primero de esos bienes, la imaginación, ningún proyecto de vida podría llevarse a cabo en su ausencia. Sin la capacidad humana que nos permite pensar lo imposible, hasta convertirlo en probable, jamás hubiéramos abandonado la edad de piedra y palos, o lanzado un canto a rodar para algunos siglos después llamarlo rueda. Incluso ahora, civilizados online, el hecho de poder pensar que en aquel estado primitivo tal vez éramos más felices, es uno de tantos dones que nos regala burlona nuestra imaginación.

Tendemos a pensar que los niños y niñas que fuimos gozaban de la extraordinaria imaginación que ahora en la madurez nos falta, ya que las insospechadas combinaciones que nuestra mente hacía por entonces, difícilmente se repetirán con la misma despreocupada frescura. ¿Quién no añora al primero de los monstruos polimorfos que imaginamos en la oscuridad, ese primer escalofrío que nos trajo?

Olvidamos con frecuencia que nuestra capacidad de imaginación se encuentra en relación directa con la riqueza y la variedad de experiencias de vida acumuladas, siendo así nuestra infancia el primer peldaño en el largo camino que nuestra imaginación nos hace recorrer. Impulsada a su vez por la correlación de imaginaciones ajenas, la aventura de imaginar es sin duda nuestra primera gran experiencia colectiva, ese anhelo primordial que nos une a los demás y del que proceden tanto nuestros dioses caídos como nuestras canciones, mitos y leyendas. Imaginar por nosotros, cuando la realidad se vuelve hostil, es el regalo que otras personas nos hacen día tras día, aún sin saberlo. Núcleo secreto de protección cuando el presente nos exige débiles y atomizados.

Tal vez por eso son tan importantes las personas que, siendo ya adultas, conservan la capacidad de dibujar lo imaginado, el deseo por condensar la apariencia de algo y preservarlo generación tras generación a través de una imagen. Celebremos su pausada osadía en la era de la aceleración digital.

Luis Demano

 

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